Just like starting over, Mr. Walrus

por Iván Ríos Gascón


En los últimos capítulos sobre la génesis, la evolución, el clímax y la ruptura de los Beatles, Hunter Davies relató en su espléndida biografía The Beatles, que el matrimonio de John Lennon con Cynthia, su primera esposa, prefiguró el genuino anhelo del rockstar, por pasar el resto de su vida como un hombre hogareño, tranquilo y, sobre todo, en paz consigo mismo, pues la polaroid emocional que Lennon siempre llevaba en la cabeza, era la austera imagen de una familia.

Las correrías adolescentes con los Quarrymen, el encuentro con Paul, George y Ringo, el vaivén de las tocadas en La Caverna, la sagaz tutela de Brian Epstein, el estrépito de las giras y conciertos, el orgiástico frenesí de las groupies y los fans, la epifanía de las drogas, las enseñanzas del Maharishi Yogui y la efervescencia incontrolable de la beatlemanía parecían quedar atrás súbitamente, cuando Cynthia dio a luz a Julian Lennon, el 8 de abril de 1963. Y no obstante que aquella unión fue un descalabro, que no deseaba un hijo y que tampoco estaba totalmente enamorado de esa chica que conoció en 1958, cuando ambos estudiaban en el Art College, Lennon decidió asumir su responsabilidad y se instaló en una casona de falso estilo Tudor en Weybridge, Surrey, para poner orden en un itinerario existencial pletórico de excesos.

Aquella mansión donde Lennon acumulaba autos de lujo, obras de arte, libros y antigüedades era más un claustro que un hogar, pues se había retirado del desenfreno culinario y del alcohol y, aspirando al ascetismo, sólo consumía verduras, té, pan, leche y azúcar, aunque sus gastos semanales en el rubro de bebidas y alimentos, ascendía a ciento veinte libras mensuales, una cantidad exorbitante en la Inglaterra de mediados de la década de los sesenta. La razón era elemental: John Lennon era un derrochador compulsivo.

Encandilado por su cuenta bancaria y por la oceánica sensación de omnipotencia, desde los días en Weybridge el maestro Lennon comenzó su etapa misantrópica, y sólo se permitía unas cuantas amistades (básicamente Ringo Starr, Mick Jagger y Paul McCartney, pues aún se toleraban mutuamente), un churro de marihuana y sesiones infinitas de televisión junto a su hijo, un estilo de vida que iba a acentuarse años después, cuando Yoko Ono llegó para instaurar un esquizoide equilibrio basado en el tarot, la astrología, la numerología y el imperio de los sentidos, en los últimos diez años que le quedaban sobre la tierra. En 1969, cuando abandonó definitivamente a Cynthia y Julian, y se casó con la nipona alucinante de la Ono, Lennon pensaba rescribir su historia por completo. Los Beatles anunciaron su separación aquel año y al siguiente lanzaron Let it be, su último L.P., y él huyó del Reino Unido. Nueva York era la tierra prometida para el espíritu volátil de un hombre al que le dolían las alas.

¿Pero cómo transcurrió esa década en que Lennon se aisló del mundo real y buscó refugio en la insoportable levedad del ser? En el libro esencial Nowhere man. The Final Days of John Lennon, un volumen que según su autor, el periodista neoyorquino Robert Rosen, surgió de la lectura de los diarios del ex Beatle, de la información que le proporcionó Fred Seaman (el ayudante personal de los Ono Lennon) y, por supuesto, de una buena dosis de imaginación, la rutina del talentoso héroe del Rock n’Roll poseía ciertos matices claustrofóbicos que regulaban su energía caprichosamente.

 

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Y es que hacia 1975, cuando Yoko tuvo a Sean, Lennon hizo una ligera pausa de cinco años en el tráfago mundano y en las cabinas de grabación, para dedicarse por completo a su segundo hijo y liderar el clan, resguardado más que escrupulosamente en lo financiero y lo social por Yoko Ono, una mujer nimbada con un feroz instinto de usurera, pues su mayor preocupación consistía en hacer crecer la fortuna de 150 millones de dólares de Lennon, una cifra que en el fondo no lo hacía feliz, sino infinitamente desgraciado.

Aquejado por el sentido de rivalidad y competencia en contra de Paul McCartney, Lennon hizo del edificio Dakota de Manhattan, un búnker casi impenetrable: amigos, periodistas, caza autógrafos, paparazzi y todo tipo de morbosos, debían sortear un fuerte dispositivo de seguridad para llegar a ellos, aunque en diciembre de 1980, Mark David Chapman consiguió meterle cinco balas de punta hueca en el pecho y en el brazo, a las puertas de ese estuario de concreto situado en el vértice del número 1 oeste y la calle 72, porque si había algo que Lennon realmente disfrutaba, era observar a las tribus de fanáticos que a diario se apostaban en aquella latitud cosmopolita, a la espera de ver al creador de la Plastic Ono Band y de hits inolvidables como “Imagine”, al defensor de las luchas sociales y al tumultuario provocador que, en 1969, estremeció al mundillo pop al fotografiarse desnudo junto a Yoko Ono, para Two Virgins.

Cuenta Rosen que John y Yoko fueron criaturas cinceladas por sus truculentas paranoias. Eternamente rodeados de sirvientes y gurús, estudiosos incansables de El libro de los números de Cheiro (un numerólogo cuyas fuerzas ocultas impresionaron a Mark Twain y a Oscar Wilde), fanáticos de los horóscopos que Patrick Walker publicaba en la revista Town & Country y clientes exclusivos del psíquico Charlie Swan (cuyo nombre verdadero era John Green), los Ono Lennon eran una especie de náufragos que dirigían sus almadías, con la brújula de la clarividencia, la hechicería y la superstición, ya que no daban un solo paso sin los consejos de su equipo de adivinos. Para John y Yoko, el planeta que reinaban era un baúl atiborrado de vibraciones estridentes, donde era perentorio cuidarse las espaldas.

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Robert Rosen señala que quizá es por eso que Lennon se ejercitó en el dominio de los sueños, con el fin de alcanzar un control remoto metasensorial, que abriría todas sus puertas perceptivas. En cuestión de karma y aptitudes cósmicas, Yoko siempre creyó que su esposo tenía poderes mágicos y que algún día iba a cambiar al mundo, mas era ella quien lo hacía cambiar (a Lennon y a su mundo), con los altibajos de su humor, las extravagancias de su ego y la impasible arrogancia de su piel, ya que tras el parto de Sean en una habitación privada del Hospital de Nueva York (la misma habitación donde Jacqueline Kennedy tuvo a Carolina, así de esnobs era la dupla J&Y) prácticamente dejaron de hacer el amor, por lo que Lennon buscó consuelo en los brazos de May Pang, una antigua secretaria china, y en la masturbación: el mito de la pareja hipersexual que proyectaban en su iconografía nudista, en las “escandalosas” declaraciones a la prensa y en sus apoteosis musicales acerca del orgasmo como estado ideal de belleza y redención, comenzaba a disolverse en la espesa infusión de la realidad. Por tanto, un John aburrido, letárgico e insatisfecho, aceitó los aldabones de su alma y se entregó a una pesada inercia contemplativa, donde no compuso nada: al huir de la ominosa carga de ser John Lennon, dejó escapar el delicioso vaivén de la inspiración, y se volvió un tipo torvo, malediciente y rencoroso. Cuando iba a la disco Studio 54 y se retrataba con Warhol para los tabloides de espectáculos, solía aullar su superioridad histriónica (“¡Que se joda Andy Warhol! ¡Él era un pendejo cuando yo conquistaba al pinche mundo!”) O escapaba de sus dos mejores amigos en la etapa neoyorquina: Mick Jagger y David Bowie, o urdía una venganza lírica contra Bob Dylan (y de hecho, lo hizo con su rola “Serve yourself”, una virulenta paráfrasis y ácida respuesta al sencillo que Dylan cantó en la entrega de los Grammy, “Serve Someone”), o planeaba, siempre planeaba la mejor manera de arruinar a Paul McCartney, aunque por una rara coincidencia, sus plegarias fueron atendidas. Robert Rosen recrea esta anécdota en su libro: En 1980, cuando McCartney marchaba a Japón para un concierto de los Wings, éste le dijo a Lennon que él y Linda planeaban quedarse en la suite presidencial del Hotel Okura, la habitación que John y Yoko consideraban suya. Así que para que McCartney no arruinará el karma de la habitación, Lennon pidió a la Ono que recurriera a la magia que aprendió con Lena, una bruja colombiana, para impedir semejante usurpación. El resultado fue el siguiente: el 16 de enero McCartney fue detenido en el aeropuerto de Tokio, con ocho onzas de marihuana y permaneció diez días tras las rejas. Al parecer, la vehemente devoción de la pareja daba resultados.

Pero, acaso, la cúspide de su malestar alcanzó la mayor altura en 1979, cuando los periódicos esparcieron el rumor de que Paul, George y Ringo, planeaban reunirse en un concierto a beneficio de los balseros vietnamitas y camboyanos, donde esperaban conseguir 300 millones de dólares. Ante dichas suposiciones, John declaró que por ningún motivo iba a tocar con ellos, y mucho menos cuando la invitación provino del entonces secretario de la ONU, el ex nazi Kurt Waldheim, lo que le valió un acre editorial del New York Post, que le recriminó su indiferencia e insensibilidad ante la tragedia asiática, llamándolo el “Nowhere Man”.

¿Era John Lennon un Nowhere Man, como lo llama Rosen? ¿Traicionaba sus principios, le daba la espalda al movimiento del planeta? Como epíteto, Lennon siempre prefirió The Walrus (La morsa), que él mismo se acuñó. “¡I am the Walrus!” fue el aullido de batalla en sus mejores tiempos con los Beatles, su seña de identidad en un tiovivo irrefrenable, donde el éxtasis era el ritmo natural de su entelequia. Pero ahora, lo único que quería era

Retratado por Bob Gruen

volver a producir un disco, conservar su paternidad, recuperar a Yoko Ono y asegurar su permanencia en la memoria colectiva. Y tras un largo viaje a las Bermudas, retornó a Nueva York para grabar el Double Fantasy, producto de un colorido encadenamiento de emociones, del que manaron rolas como “Starting over”, “I am losing you”, “Woman”, “Beautiful boy” y “My little flower princess”, rigurosamente dedicadas a Yoko y Sean.

Con el Double Fantasy, Lennon creyó que retomaba su sitio en el planeta, ahora para siempre, más no contó con la patológica obsesión de un individuo que, desde Honolulú, Hawai, decidió que el ex Beatle no volvería a volar. Mark David Chapman, discípulo torcido de Holden Caulfield (el héroe de la novela emblemática de J. D. Salinger, El guardián entre el centeno), comenzó una errabunda marcha entre las islas del Pacífico y la ciudad de Nueva York, armado con un revolver 38 y un cargador de balas de punta hueca.

Chapman, un sujeto poseído por múltiples demonios (la frustración, un calidoscopio onírico que incluía a Charles Manson y, sobre todo, una ciudadela imaginaria compuesta por hombrecillos que él llamaba “Gente pequeña”), abordó a Lennon la mañana del 8 de diciembre de 1980, a las afueras del Dakota. Le pidió su autógrafo para una copia del Double Fantasy, solicitó un empleo (“manda tu currículum”, le respondió el otrora Quarryman) y lo esperó hasta el anochecer. A las 11:00 P.M., una limusina blanca se detuvo en el Dakota. Yoko y Lennon descendieron del auto y Chapman, en posición de combate, gritó: “Eh, Mr. Lennon” y soltó los cinco tiros en el cuerpo de La Morsa. El asesino no pensaba en el puerto de Liverpool, ni en los Beatles ni en la poesía de las rolas de Lennon y, mucho menos, en la grandeza eterna de su víctima. El asesino sólo pensaba en ciertas líneas sueltas del capítulo 22 de El guardián entre el centeno.

Mark David Chapman

Los disparos nublaron la percepción de John. Quizás, al momento de caer, pensaba en Henry Miller y su Primavera negra o en Hunter S. Thompson y Miedo y asco en Las Vegas, ya que siempre soñó con personificar al reportero gonzo en una película, ese reportero que, junto con su abogado, revuelve al mundo en infinitas sensaciones auditivas, como en aquel párrafo donde Thompson se burla del propio Lennon: “«la radio estaba vociferando: ‘!Power to the people, right on!’, la canción política de John Lennon diez años más tarde.» «Ese pobre tonto se debió haber quedado donde estaba», dijo mi abogado. «Los punks como ésos dan justo en el clavo cuando intentan ser serios»”.

Y, tal vez, lo último que John quería era volverse serio. Pues si en la vida estás dispuesto a volver a empezar (como reza “Starting over”), el mundo puede convertirse en un círculo virtuoso donde hallarás la redención. ¿O no crees, Mr. Walrus?…

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