La insoportable levedad del ser (feliz)

por Iván Ríos Gascón


El planeta se está desmoronando. Los periódicos, los noticieros en radio y televisión o los banners informativos de la Web, se encargan de mantener a la cotidiana sensación de paroxismo en carne viva. El hastío, la incomodidad, el desaliento, la insatisfacción o la vacuidad en todas sus vertientes, son el estado de ánimo que prevalece en estos tiempos de catástrofes financieras y ambientales, decadencias políticas y corrupción de tintes bíblicos, ansiedad y pesimismo engendrados por múltiples factores: la violencia, la inflación, la devaluación, los gasolinazos, el terrorismo fiscal con que el gobierno te aprieta los cojones, la incertidumbre por conservar ad eternum un empleo, la hipoteca que te quita el sueño, el vehículo que pagas en abonos, la traumática experiencia de viajar en metro, microbús o metrobus, la rapacidad bancaria que esquilma tus ahorros pero te desvalija alegremente con las tasas de interés, el inconmensurable aburrimiento del esfuerzo inútil.

El mundo se cae a pedazos. Y si a este drama le sumamos las tragedias personales, digamos que rompiste con tu novia o que tu perro muere en circunstancias sospechosas. Que tus amigos o colegas te traicionan, que tu achacoso cuerpo se conjura contra ti o que tu amor propio se desmorona por un súbito bajón de serotonina y dopamina en el cerebro pues, como escribió William Styron en Esa visible oscuridad, “la meteorología de la depresión no conoce variaciones, su luz está mermada por restricciones de voltaje”, entonces las opciones monosilábicas para responder al dilema existencial que Albert Camus exploró en El mito de Sísifo (“Sólo hay un problema filosófico realmente serio, y es el suicidio. Determinar si la vida merece o no la pena de ser vivida es tanto como responder a la pregunta fundamental de la filosofía”) se reducen a una sola, a esa aciaga negativa que clausura el largo túnel del destino porque, en apariencia, sin alborozo y certidumbre el futuro se vuelve una pintura defectuosa.

La felicidad, en estos años, ya es un ideal caduco. Y lo mismo sucede con el bienestar, la confianza o el equilibrio emocional, propósitos que no se cumplen pero a los que todos siguen aspirando, gracias a la insistencia con que la propia sociedad nos empuja a conseguirlos como si fueran artículos de lujo o combos de fast food. De lo contrario, estamos condenados a perder nuestro lugar en el ejército de los optimistas, los jubilosos, los campeones de la salud mental, para convertirnos en parias, renegados del opio de la dicha y el pensamiento positivo, los nuevos valores de un planeta cínico y mediocre que repele la autocrítica.

Y es que hoy, para ser feliz, no sólo es necesario poseer una fe indomable sino algo más. Hay que ser conformista o demasiado ingenuo pues, desde 1836, Gustave Flaubert escribió esta máxima, luego de resignarse al amor no correspondido de Elisa Schlesinger, una adorable mujer que conoció en Trouville: “La felicidad es como la sífilis. Si la contraes demasiado pronto te echa a perder la constitución.”

Flaubert, Balzac, Baudelaire, William Blake, Mozart, Beethoven, John Keats, Schlegel, Schiller, John Lennon y la lista sería infinita, fueron tipos melancólicos que jamás se tomaron en serio la idea de ser felices y, mucho menos, buscaron métodos o fórmulas secretas para curarse de la desesperación y el escepticismo, atributos que la gente recomienda reparar con altas dosis de antidepresivos y una tonelada de libros de autoayuda, aunque en esa obsesión por la sonrisa fácil y el comportamiento predecible que mana del ser feliz, se pierdan por completo la razón y los principios de la melancolía como contrapeso a la banalidad de la cultura y, esencialmente, como motor de inspiración literaria, plástica, musical o filosófica.

Meditando sobre Herman Melville, el catedrático y ensayista estadounidense Eric G. Wilson, escribe en su libro Contra la felicidad. En defensa de la melancolía, estas líneas que suscitan una aguda reflexión, acerca de la insana necedad por abrazar la satisfacción a toda costa: “La tristeza nos concilia con la realidad. Nos arroja al fluir de la vida. Nos coloca en el borde afilado de la experiencia. Aviva el latido del corazón, que palpita entre la fe y la duda. La tristeza dice a la mente atormentada: es bueno languidecer en lo incompleto. Canta al ánimo más lóbrego: aguanta la oscuridad porque ahí, en la sombría intimidad, irrumpirá la luz más brillante. Entona un canto a la desesperanza del alba, al esfuerzo triste; dice a ambos: permanece en tu desolación, de su vacío algo surgirá, una nueva conciencia, una nueva forma de ver y de ser.”

En este espléndido volumen, Eric G. Wilson se ocupa de amputar las múltiples cabezas de la hidra que ostenta la moral estadounidense actual, esa estafa existencial del happy forever que no se sostiene de principios sino de accesorios, prótesis químicas y sentimentales que, supuestamente, aliviarán los efectos colaterales de la adversidad, el desencanto y el estrés. Ácido, puntilloso y sin una pizca de condescendencia, Wilson apunta sus misiles teóricos en contra de esa legión de “tipos felices”, los que se cuidan de no emitir juicios negativos de sí mismos, los que visualizan su porvenir todos los días y a toda hora, los que invierten su energía mental en curar sus padecimientos, los que se fían de la buena suerte a pesar de las dudas razonables, los que buscan claves ocultas en sus sueños, los que profieren mantras u oraciones para seducir a la ley de la atracción.

Para Wilson, estos patrones de conducta significan que “desear sólo la felicidad en un mundo indudablemente trágico es dejar de ser auténtico, apostar por abstracciones irreales que prescinden de la realidad concreta”, porque sin el difícil pero saludable ahogo del temperamento, careceríamos del impulso necesario para reponernos de las vicisitudes cotidianas y, peor aún, renunciaríamos al rico aprendizaje que forja la experiencia.

“La neurosis es energía, un mensaje muy potente que envía el subconsciente. Ese mensaje informa a la persona de que está en un estado de desequilibrio, que necesita modificar sus pensamientos y acciones para recuperar la salud. Desde este punto de vista, la neurosis es un catalizador para sondear las profundidades de la psique, una inspiración a buscar el opuesto interdependiente del abatimiento, no la felicidad rutilante, sino la salud mental, un equilibrio entre la sombra y la luz. La neurosis es conocimiento”, observa Wilson, y entonces podríamos preguntarnos por qué hoy se satanizan los estados depresivos y se exaltan los paraísos artificiales del Xanax o el Prozac, por qué se lincha a los afligidos y a los pesimistas o por qué muchos buscan consuelo en libros de diversos credos y plumajes como Consomé de pollo para el alma, Autoestima. Guía para huevones, Cómo hacer amigos y volverse popular, Yo sí puedo, El monje que vendió su Ferrari o Por qué los hombres aman a las cabronas, guías de preguntas fáciles y respuestas obvias para salir de cualquier clase de atolladero, pero que las almas simples consideran genuinos manuales de supervivencia

Si en este mundo la felicidad fuera el orden imperativo, ¿existiría la diferencia? ¿Seríamos humanos, demasiado humanos, o mediocres robots con muecas de alegría?

Wilson apunta: “El vivir melancólico nos demuestra que nuestros demonios —la parte oscura de nuestros corazones, nuestras agitaciones, nuestro cinismo y nuestras mordacidades— son partes integrales y totalmente esenciales de nosotros mismos. De hecho, es nuestra amargura lo que nos hace únicos como individuos. Como dijo Tolstoi en una frase famosa, todas las familias felices son exactamente iguales. Y lo mismo puede decirse de las personas: al ajustarse a los parámetros de la bondad, terminan comportándose más o menos de la misma forma. Es sólo nuestra lucha con lo que Alan Watts llama nuestra «irreductible condición de granujas» lo que nos distingue de los demás. Enséñeme su «lado bueno», su semblante bajo una luz feliz, y yo no podré ver más que un principio general. Muéstreme su lado malo y le conoceré, porque es precisamente ese lado el que revela sus conflictos privados y personales.”

Sumergirse en las procelosas aguas de la bibliografía de autoayuda es una aventura alucinante. Una labor que no sólo pone a prueba a la inteligencia sino que desafía a tu identidad, porque al cerrar la puerta y abrir de par en par títulos como Tus zonas erróneas, de Wayne W. Dyer, o Tú puedes sanar tu vida, de Louise L. Hay (volumen que presume en la portada el récord de más de un millón de ejemplares vendidos), sientes como si ocho misioneros se postraran alrededor de tu silla de lectura, para fustigarte por apóstata y bribón, por miserable, embaucador y deshonesto, pero que en las páginas siguientes cambian radicalmente su discurso, para secar la sangre que salpican tus heridas.

Di no a la culpa. Píntale un violín al miedo, a la preocupación, al auto—rechazo, a la angustia y la apatía. Disfruta tu presente, aniquila el pasado con el simple acto de “liberar” lo que se ha ido, concibe tu futuro hasta en sus aspectos jeroglíficos: el tipo de ropa que vas a usar, el coche que pretendes conducir, el empleo y el sueldo que mereces, la clase de gente que integrará tu círculo social, la casa a la que aspiras, el cuerpo que deseas (propio y ajeno), porque todos los autores de este género, sean filósofos o místicos aficionados, psicólogos clínicos o, inclusive, el Dalai Lama, coinciden en la misma tesis, giran en redondo sobre el eje del inmenso poderío de la voluntad.

Hasta aquí, podríamos decir que no encontramos nada nuevo. Que estamos en un tianguis de infinitas variedades de sentido común, pero las cosas se complican cuando empiezan las tareas y calistenias mentales que debemos llevar a cabo para que el milagro ocurra, exactamente como esas cadenas epistolares, hoy son por e-mail, que si no reenvías a doscientos conocidos pueden volverse en tu contra y empeorar tu de por sí funesta condición de loser.

Primero que nada, es fundamental que hagas listas y más listas de lo que anhelas, lo que te disgusta y te preocupa, lo que “podrías” hacer. A esos inagotables inventarios hay que sumarles algunas horas de arrumaco ante el espejo, llevar a cabo una restauración total de tu mullido narcisismo y cancelar, de una vez por todas, ciertas creencias y palabras negativas de tu vocabulario. Plegarias como “me apruebo a mí mismo”, “te amo y te acepto tal como eres” o “estoy dispuesto a liberar la necesidad de ser indigno”, serán las llaves de la buenaventura porque el caos, dicen los autores, se origina en las neuronas, esas extrañas conexiones que nos “impiden” avanzar.

El siguiente paso consiste en depurar los pensamientos. No más ideas aciagas, oscuras, tenebrosas, hay que ejercitarse en el optimismo y el contento pues “lo que das es lo que recibes”, y quizás esta labor sea la más cargante, ya que el divorcio entre el mundo interior y el exterior no es nada sencillo, en caso de que estés en medio de un desbarajuste.

Sobre este punto, los libros de autoayuda contienen un vasto compendio de metáforas para hacer más terso el coco wash, y la psique adopta la apariencia de un castillo o un cesto de basura, una campiña inabarcable o una cocina cochambrosa a la que es urgente desmantelar, vaciar, deforestar o restregar, según sea la analogía, de lo contrario la cura no será posible. Sin embargo, es en esta etapa donde surgen los conflictos, ya que la regla inquebrantable dicta que por ninguna razón debemos regañarnos. Por viles u ominosos que hayan sido nuestros errores del pasado, lo mejor es ignorarlos, dar la espalda al tipo inmundo del ayer (o sea tú, recuerda que estás en pleno cambio de piel), y lo mismo opera con tus enemigos, tus colegas, tu pareja y hasta con tus padres: la superación personal parte de la convicción de que no eres malo, el mundo te hizo así.

Pero, ¿y si no eres un tipo ignorante y has leído a Nietzsche, Spinoza, Rousseau o Cioran? ¿Si tienes más de dos dedos de cabeza y aún percibes la diferencia entre lo falso y lo verdadero, porque sabes que el ser humano es el animal más defectuoso y que la miseria o la pesadumbre consolidan tu propia historia?

Entonces, la felicidad que te prometen estos libros se convierte en una mercancía indeseable, debido a que el lado oscuro te murmura que ese instantáneo bienestar sólo se finca en la arrogancia y el autoengaño. Digamos lo que sucede con las pupilas de Sherry Argov, que se ejercitan arduamente para volverse unas “cabronas” con el fin de que los hombres caigan rendidos a sus pies, cuando lo único que esta señora vende en su mamotreto es un dietario de lugares comunes para mozuelas altaneras, no obstante que desde hace siglos, Ovidio anotó que el objeto del deseo nace de la terquedad por obtenerlo, ya que se odia lo asequible y se desea lo que se escapa. O pensemos en los alumnos de William W. Dyer, quien afirma que “con la práctica y la costumbre de amarte a ti mismo, cualquier circunstancia que antes te daba celos o envidia funcionará de manera inversa” pero, ¿es posible que un Narciso irredento, que un vanidoso empedernido pueda desterrar la desazón que le provoca lo que no tiene o no consigue?

La felicidad, qué razón tenía Flaubert, es como la sífilis. Los libros de autoayuda te invitan al contagio, no tangible sino psicosomático, y en un mundo donde todo se pretende sin el mínimo esfuerzo (gordos elefantinos que aspiran a la delgadez sin dieta ni ejercicios o viejos que buscan conjurar las huellas de la edad con tintes de cabello, con cremas o con bótox), la vida puede convertirse en una sátira incolora, un tránsito vacío de noches pero iluminado por un cursi sol risueño y absolutamente inútil.

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