Efectos personales

por Iván Ríos Gascón


Lichtenberg trazó la radiografía de las pasiones intelectuales, las filias literarias, la razón y las palabras, a manera de mensaje a un impreciso remitente:

“Querido amigo, vistes tus ideas tan peculiarmente que ya no parecen ideas.

“Dime si ésta no está curiosamente vestida y te mostraré todas las mías desnudas, antes de que mis sentidos las cubran con su librea. Es una vergüenza que la mayoría de nuestras palabras sean herramientas mal empleadas y todavía huelan a la suciedad con que las degradaron sus antiguos propietarios. Quiero trabajar con herramientas nuevas, o bien, sólo hablar conmigo mismo, de aquí a la eternidad, usando menos aire que el que exhala un pájaro de verano”, y quién mejor que Juan Villoro (traductor de los Aforismos para la edición del Fondo de Cultura Económica), para demostrar que el dictamen del célebre matemático y filósofo de Gotinga, describe con minucia las texturas, los tejidos, los colores y medidas del atuendo ideal del escritor, el hermeneuta o el lector empedernido.

Quizá es por eso que Efectos personales (2000), el primer libro de ensayos de un agudo narrador como Villoro, no puede distraer la mirada a un guardarropa conformado no sólo por las afinidades electivas, sino por los textos que podrían servir en temporada primavera-verano (Rulfo, Arlt, Valle Inclán, Goya, Fuentes y Nabokov) u otoño-invierno (Rossi, Pitol, Monterroso, Schnitzler y Calvino), hasta los diseños básicos, más allá de los retorcimientos de la moda, como Burroughs, Bernhard o Stevenson: los accesorios pertenecen a la valija de un viajero, donde la pluma de su autor ordena las lecturas por tallas y temperamentos pero entregada, inevitablemente, a la tentación de hacer zurcidos invisibles, poner parches o agregar costuras de evocación testimonial, para exponerlas en el armario de la reflexión.

De este modo, los libros como prendas que pueden llevar cualquier memoria, recuerdo o intelecto, se convierten en efectos personales. Teñidos con el clamor de la indagación y el artificio, las obras que un lector, un hermeneuta o un escritor seleccionan para un catálogo perpetuo, son como una especie de referencias colgadas de un perchero, siempre dispuestas a asomarse por los resquicios de la psique y hacernos lucir sus resonancias frente al espejo de la racionalidad. Lichtenberg tenía razón: la biblioteca personal es como un traje a la medida.

Así que deshilvanando al tiempo y sus apoteósicos despojos, las lecturas y reflexiones de Villoro revelan la dimensión de un mundo paralelo que puede construirse en el silencio introspectivo. Sus indagaciones, asombros y sospechas, no sólo exhiben a la obra y los artistas como un elemento cardinal del mapa imaginativo de un narrador, sino que alumbran la línea tenue que hay entre el lector y sus fraternales coincidencias, digamos como sucede a Bouvard y Pécuchet: como Rossi, Villoro escribe con la brillantez evocadora de una charla que desemboca en el prodigio (Manual del distraído); como Pitol, Villoro sigue las más sutiles, delirantes circunstancias que trazaron el destino excepcional (El arte de la fuga); como Javier Marías (quien no obstante es excluido de Efectos personales, la influencia de Vidas escritas y Miramientos es evidente), recurre al retrato hablado para anudar los cabos expresivos en el rostro de sus héroes: en una suerte de fisiognomía romántica, Villoro intenta desentrañar la caligrafía del genio en ojeras, mohínes, arrugas, barbas o cicatrices que, como huellas expresivas del sendero de la inspiración y sus demonios, arrojan nubes elocuentes sobre la nietzscheana voluntad de poderío que sostiene la búsqueda interior.

La biblioteca, el libro, la meditación y el tejido literario confrontan al espíritu en su desnudez y su enorme o tímida pudicia: si Ferlinghetti dijo que la poesía son los calzones del alma y William Faulkner decidió convertirse en escritor cuando en su infancia contempló las bragas de una niña al trepar a un árbol (anécdota que Pitol rescata en El arte de la fuga), entonces las sentencias de Lichtenberg son superiores a cualquier réplica sensata: tenemos una vida que requiere de cobijo, que se conforma y se individualiza en la simpleza o la sofisticación de su apariencia, de sus efectos personales: “el alma no es sino un modo de ser –no un estado constante- y cualquier alma puede ser nuestra, si encontramos y seguimos sus ondulaciones. La vida futura puede ser la capacidad de vivir conscientemente en el alma escogida, en cualquier número de almas, todas ellas inconscientes de su carga intercambiable” (Nabokov en La verdadera vida de Sebastian Knight).

Un saco, una camisa o una corbata son intercambiables. Tarde o temprano perderán su talla. Pero ¿qué sucede con quien no tiene un solo traje a la medida? Quizá la falta de vestuario sea la inercia que nos obliga a hallar un escondite: ocultos, casi invisibles, los espíritus huyen para que nadie pueda ver sus taparrabos.

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