Vuelos interruptus

por Iván Ríos Gascón


Ramón Gómez de la Serna concibió una greguería que fundía lo tenebroso en lo elocuente: “lo malo no es matar un pájaro sino aniquilar un vuelo”, y con esa imagen desmenuzó el sentido trágico que habita entre el cielo y el suelo. La línea de flotación, el itinerario aéreo, son una efímera sublimidad que se suspende tras el declive, porque en el aire nada permanece. Ni las nubes ni las aves, ni el sol, la luna o las estrellas. Todo se esparce o se desploma, el vuelo es dicha fugaz que concluye en agua o en tierra firme y en respiro o agonía, según sea el tipo de pirueta (y de criatura) que lleve a cabo ese viaje trascendental. El vuelo puede ser lúdico o imaginario. Puede ser onírico o postrero y, por supuesto, accidental o voluntario, pero esto último forma parte del catálogo de opciones con que cuentan los espíritus autodestructivos.

El suicidio tiene múltiples alternativas. Un pistoletazo, un arma blanca, una colisión dentro de un auto o, tal vez, una descomunal ingesta de somníferos, una cuerda como nudo de corbata, una guillotina de uso personal y, así, ad infinitum, pero el salto al vacío ocupa, al parecer, una de las formas preferidas de ciertos kamikazes que se aferran al cariz romántico de pirarse del planeta recurriendo a las alturas. Y es que, como en el chiste que Mathieu Kassovitz puso en boca de uno de los gamberros de su película El odio (1995), “un tipo cae de un rascacielos. Mientras ve pasar piso por piso, se dice: «ah, no es para tanto. Lo importante no es la caída sino el aterrizaje»”, la sustancia poética del brinco se halla, precisamente, en ese breve espacio en que esperas o imaginas el impacto.

Inspirado por el artículo “Jumpers” que Tad Friend publicó en The New Yorker y consternado por la estadística de suicidios que se cometen desde el Golden Gate de San Francisco, en 2004 el documentalista Eric Steel puso algunas cámaras desde distintos puntos del monstruo colgante que domina a la bahía. El resultado de este experimento se cristalizó en la cinta El puente (2006), donde Steel consignó 19 saltos para tratar de comprender lo que hay en la psique de los clavadistas, todos ellos deprimidos clínicos que suspiraban por las olas californianas, como la metáfora del desenlace natural de sus fracasos, sus angustias, sus fobias, sus insoportables paranoias.

Construido entre enero de 1933 y abril de 1937, el Golden Gate alcanza unos 4200 pies (1280 metros) sobre el mar. La caída, según los expertos, tiene una precaria duración 4 segundos, pero el golpe se da a 138 kilómetros por hora, así que el encontronazo tiene terribles consecuencias: en el remoto caso de sobrevivir, cuestión más que dudosa pues la liquidez adopta los atributos del concreto hidráulico y despedaza cualquier cuerpo u objeto de peso razonable, lo más seguro es que el saltador perezca por ahogo, hipotermia (la temperatura promedio del agua es de 8ºC) o por las voraces mordeduras de los tiburones blancos que retozan en aquella latitud del Océano Pacífico, razones por las que el Golden Gate ocupa el primer lugar en la fantasía terminal de los suicidas, superando, digamos, a otros sitios semejantes como el Empire State Building (que es prácticamente imposible de usarlo como trampolín) o el Brooklyn Bridge de Nueva York, pese a que en su de por sí espeluznante historia (John y Washington Roebling, sus arquitectos, fallecieron por extraños accidentes al construirlo), en 1885, Robert E. Odlum se lanzó al Río Hudson para quedar reducido a astillas.

De cualquier modo, el documental de Eric Steel consiguió captar el testimonio de un sobreviviente que a la hora de la verdad, consiguió invertir el curso de su desplome y entró a la pleamar en vertical, con un inconcebible saldo de huesos rotos. La experiencia le sirvió a este clavadista para integrarse a la cruzada antisuicidios de San Francisco (se sabe que los saltadores proceden de diversas regiones estadounidenses e, inclusive, del extranjero), ya que el discurso de la película de Steel, jamás aborda la espinosa discusión sobre la validez filosófica, mental u ontológica de la inmolación por cuenta propia, y únicamente se concentra en el dolor que el suicida deja tras su última acrobacia (familiares, amigos, psiquiatras, consejeros).

Así, al escuchar los testimonios y observar ciertas secuencias donde los atormentados ponen los pies fuera de la barandilla, miran el precipicio y luego se arrojan con la confianza propia de un Greg Louganis, es imposible no pensar en la dimensión del averno íntimo en que se hallaban esos infelices como para elegir un óbito volátil. Sin embargo, lo más triste del asunto es que en este mundo infame, existen pocos sitios tan emblemáticos o ideales como el Golden Gate y, en rigurosa parábola, es posible llevar a cabo un ejercicio comparativo con el paisaje que tenemos a la mano. ¿En dónde es posible un brinco extremo si vives en la ciudad de México? ¿Y en Madrid o Buenos Aires, en Santiago de Chile o en Alaska?

El salto al vacío requiere un toque de elegancia. Un decorado natural, un brillo y una armonía que pueda contrastar con la negrura temperamental que te arredra a abandonarlo todo por el aire, esa gloriosa levedad que, dijo Ramón Gómez de la Serna, condensa su fragilidad y desesperanza cuando el suelo o el agua, en su ineluctable concreción (materia al fin), interrumpen a los vuelos.

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