Un san Valentín

por Iván Ríos Gascón


Poco después de la publicación de Sexus, el sector más puritano de las autoridades parisinas decidió que ya no iba a tolerar los excesos del autor. Amenazado con un proceso penal, Henry Valentine Miller se sometió a un interrogatorio previo, cuyo fin era desentrañar el alma de esa bestia lujuriosa que ofendía a las huestes del oscurantismo con una prosa que semejaba una panoplia de ditirambos del cuerpo femenino: el demonio proveniente de Nueva York era capaz –según sus detractores- de envilecer al ego y corromper a la moral francesa con sus torcidos evangelios, donde el más firme de sus apotegmas recomendaba sumergirse en la espuma del orgasmo.

Henry Valentine Miller acudió al interrogatorio y tras una ardua sesión de perjurios y condenas, el juez se reclinó desde el estrado y dijo: “Señor Miller, hay una última cuestión que debo plantearle. Por favor, preste mucha atención… ¿Cree usted honestamente que un escritor tiene derecho a decir en un libro lo que quiera?”

Henry Valentine Miller perdió el centro de gravedad unos minutos, y exclamó: “¡Lo creo, Señoría!”. El magistrado y los custodios enmudecieron. El estenógrafo lo miró con severidad, pero comenzó a aplaudir por debajo de la mesa. Entonces, el juez bajó del púlpito. Abrazó y besó en ambas mejillas al acusado, y luego prorrumpió: “Usted pertenece a la raza de los inmortales: François Villon, Baudelaire, Zola y Balzac. Yo le saludo”. Mas esa muestra de respeto no conmovió al escritor que en 1935, había escandalizado a los idiotas del planeta con Trópico de cáncer y, como el interrogatorio lo angustiaba, pidió permiso para ir al baño. El abogado dijo que era imposible, que si su vejiga conspiraba lo hiciera ahí mismo. Y frente al juez, abrumado por los vítores y los aplausos, Miller se orinó en los pantalones, dejando un tremebundo litoral bajo sus pies. Un riachuelo que, a la manera de sus libros, conquistó el mosaico como si fuera el espíritu contemporáneo, y a poco estuvo de mojar las suelas del magistrado.

El final de esta aventura (relatada por el propio Miller en una carta del 24 de julio de 1976 a Brenda Venus, su último gran amor) es el siguiente: Henry Valentine fue exonerado y consiguió una “amnistía”. Venerado, recibido en la corte de los genios, su nombre simboliza la utopía de mantener el equilibrio en las cúspides carnales de la mujer amada. Porque a ciencia cierta, el sentido de su obra sigue aquella latitud donde el amor es un pacto irrenunciable, aún en las paradojas, los desvaríos, el delirio, la vergüenza o la traición: Trópico de cáncer, Trópico de capricornio, Sexus, Plexus y Nexus, novelas creadas a partir de la crónica puntual de sus romances, son la invitación para asomarse al cosmos de una personalidad cínica, patética e irónica pero, fundamentalmente, apasionada, donde el himeneo se yergue a las miserias arropadas por el mundo, y las sombras de los celos, la frialdad y el desamor se extinguen en un beso, en cada abrazo que trasluce la voluntad por conseguir el nimbo de la entrega vertical, diría Michel Tournier: “La tragedia para el héroe del amor, radica en el despertar, muchas veces brutal, ante el hecho de que la belleza, pese a ser un atributo del alma, puede estar ausente menos en las líneas y facciones de la amada” (Nexus), porque la gran lección de todos esos libros, es el desafío por expoliar las impurezas que marchitan al deseo, que lo escinden, lo deforman.

Aquél hombre que hizo de los prostíbulos de Clichy su santuario, que soslayó las deslealtades de Mona o Mara o June (epítetos de una sola mujer pero en cuyo cuerpo había una multitud de diosas), y que resistió lo suficiente para colmar los paroxismos lúbricos, lúdicos e intelectuales de Anaïs Nin, tuvo entereza para asumir la música del sexo, pero no para enfrentar a una corte peligrosamente reaccionaria: el demiurgo que a los 85 años amó, deseó y soñó desaforadamente a Brenda Venus, que asumió su vida en connivencia estrecha con los preceptos de Oscar Wilde (“Si hay tentaciones y uno puede vencerlas es que no son tentaciones”), un día mojó sus pantalones sin saber que sería entregado a la inmortalidad.

Si en Papeles pegados, el poeta francés Georges Perros escribió que “el erotismo es dar al cuerpo los prestigios del espíritu”, y Lawrence Durrell reveló que “el amor es un mero lenguaje epidérmico, por lo que el sexo no es más que terminología”, Henry Valentine Miller se encuentra en el punto medio de la revelación poética: su vida y obra fueron el paradigma de la renunciación a la desdicha, a través del ejercicio desbocado del amor y la infinita recreación en los vaivenes de la piel.

Y eso vale más que todas las hazañas que puedan relatarse de un cupido arraigado en el kitsch del imaginario colectivo, aunque también se llame Valentín.

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