El escritor, el soñador y un perro

por Iván Ríos Gascón


De tanto transitar inabarcables bulevares paralelos, cansado de reconstruir conscientemente sus noctívagos peregrinajes, apuntó: “Los sueños felices suelen ser escasos y difícilmente recordables. Despertamos de ellos con la sonrisa en los labios; durante un instante, paladeamos el mínimo fragmento que retiene la memoria y es posible que nuestra sonrisa se transforme en risa plena. Pero basta salir de la cama para que ese sueño alegre se desvanezca para siempre. Durante el día, en ningún momento se nos ocurre repetir o ampliar la dicha que hemos conocido.”

El escritor estaba al tanto de lo que opinan los especialistas: los sueños aciagos, asfixiantes, cumplen la función de descargar cierta energía superflua, venenosa, extrañamente creada por el organismo. Las tribulaciones o presagios del subconsciente limpian, remueven el cochambre sin implicar de algún modo a la voluntad, es como una intervención automática que la psique lleva a cabo para liberar al vertedero emocional de una buena porción de su inmundicia. No obstante, debíamos recordar, también, que Borges delimitó etimológicamente a la pesadilla desde el vocablo inglés nightmare, de significado “yegua de la noche”, cuya raíz es niht mare o niht maere, o sea, “el demonio de la noche”.

Pero decíamos que al escritor los sueños felices le venían tan bien, que en la vigilia solía modificarlos con el único propósito de atribuirles cierta coherencia narrativa. A partir de 1968 comenzó un registro onírico. En la mayoría de esos relatos pululaba gente desconocida (eso siempre pasa, por lo regular en la inconsciencia nos visitan personajes de un pasado muy remoto, casi olvidado, o algunos forasteros, auténticos extraños en nuestra biografía), pero en otros, los más terribles y angustiosos, su entrañable perro Sacho fue parte del elenco.

El 24 de abril de 1994, Sergio Pitol soñó que un tipo le ofreció llevar a Sacho de paseo. Pitol acepta de buena gana, Sacho se va con el desconocido. Las horas pasan, cae la noche, y Sacho y su anónimo paseador no aparecen. A través del noticiero televisivo, Pitol se entera del asesinato de un político local. El sospechoso es un joven que andaba con un perro. El escritor queda paralizado. Su can está implicado en una conjura criminal. Y tras una agonía de tintes bíblicos, al borde de la auténtica locura, Sacho vuelve ungido con un collar grabado con signos misteriosos. El perro está sediento y malhumorado. Su rebeldía acusa la culpa por haberlo confiado a un malhechor.

El 21 de abril de 1992, Pitol sueña que se ha mudado a una casa vieja en Roma. Un desperfecto en la instalación eléctrica le obliga a salir en busca de una escalera portátil y Sacho lo acompaña. Al llegar a un tendajón, Pitol decide comprar queso y pan, por lo que el perro se queda afuera. Sin saber por qué, el escritor sale por otra puerta y ahí comienza la pesadilla. No sabe cómo regresar al punto de partida para reunirse con Sacho, y un joven le ofrece llevarlo a cambio de un poco de pan. Pitol y su acompañante recorren toda la ciudad, llegan hasta el Vaticano, y el recuerdo de su perro solo, aterido, hambriento y, posiblemente, herido por el abandono, lo hacen despertar. El escritor tardará un buen rato en aliviar su congoja, lo consigue al ver a Sacho tendido cerca de su cama.

El escritor dijo que, últimamente, en sus sueños la acción va disminuyendo. La pesadilla ha adquirido otro carácter, el de saber que sueña y no puede volver a la vigilia. No obstante, suelo pensar que en ese dietario onírico ahora que ha cumplido 80 años, hay infinidad de elementos que podrían urdir magníficas novelas y relatos de ansiedad testimonial.

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