El artista, los bajos fondos y las mujeres guapas

por Iván Ríos Gascón


En los últimos años de su vida, Charles Bukowski colgó su raída chaqueta de loser en un perchero, guardó bajo llave las botellas de vino barato, y se puso unos pantalones más cómodos que el holgado y mugriento par que usó durante las épocas sombrías. Aparte de beber y de escribir, sólo mantuvo una rutina procedente de sus días aciagos: la sesión de apuestas en el hipódromo, a donde acudía al volante de un Acura.

El auto, le dijo Bukowski a la lingüista italiana Fernanda Pivano, no era un capricho ni una ostentación de nuevo rico, sino una lujosa argucia para deducir impuestos, pero es claro que mentía: cuando un hombre pasa tanto tiempo en los bajos fondos, se convierte en una criatura obsesionada por los placeres que el destino le ha negado.

Al llegar a París, Henry Miller se instaló en una buhardilla en los altos de un burdel de Clichy. Sin empleo y sin un centavo en los bolsillos, cuando el hambre lo asediaba recogía hogazas de pan de los cestos de basura, les quitaba la corteza y devoraba las porciones de migajón que los hongos aún no habían colonizado. Sin embargo, Miller era un tipo afortunado, porque en su patética miseria, todavía existían placeres: botellas de vino y coños peregrinos, pues su carisma era tan irresistible, que las putas le obsequiaban sus servicios. Un hombre con cuenta abierta en los bajos fondos, comprende que por efímera y evanescente, la felicidad posee un carácter crediticio.

El primer párrafo de Pregúntale al polvo, de John Fante (héroe literario de Bukowski), dice: “Una noche estaba sentado en la cama de la habitación de mi pensión en Bunker Hill, justo en el centro de Los Ángeles. Era una noche importante de mi vida porque tenía que tomar una decisión con respecto a la pensión. O pagaba o me tenía que ir: eso decía la nota que la casera había deslizado debajo de la puerta. Un problema tremendo, que merecía toda mi atención. Lo resolví apagando la luz y metiéndome en la cama.” Con esta sencilla pero brillante escena, Fante reanudó las las aventuras de su alter ego Arturo Bandini, un tipo que, como Miller y Bukowski, disfrutó y padeció los bajos fondos, quizá porque en las entrañas de un artista, la adversidad se transforma en plenitud creadora.

Entonces pienso en la indigente agonía de Wilde. Bebió champagne e ironizó: “estoy muriendo por encima de mis posibilidades”. En la huida de Dostoievski, cuando los acreedores querían requisarle hasta los calzoncillos. O en el viejo Gustave Flaubert que, trasquilado por Ernest Commanville (el abusivo esposo de su sobrina), descendió a los bajos fondos como un oso en una cañada solitaria. Pero esto sólo es cosa de un desvelo improductivo. Ya que al volver al punto de partida, recuerdo otra frase que Bukowski dijo a la Pivano: “Escribo porque me sale y luego porque me pagan. Quiero decir que escribir es como irse a la cama con una mujer guapa, haces el amor y después uno se levanta y alguien te da dinero.” Excelente idea, sin lugar a dudas, sólo que la realidad de los bajos fondos (y doy fe de conocerlos) es todo lo contrario: casi nunca te vas a la cama con mujeres guapas…

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