Polaroids y Dr. Martens

por Iván Ríos Gascón


Patti Smith es una mujer de inspiración inagotable, amistades perdurables, amores definitivos y duelos prolongados. Si en 1989, el óbito de Robert Mapplethorpe le provocó una enorme grieta emocional, tan profunda que tuvo que escribir Just kids, sus atribuladas y novelescas Memorias para aligerar un poco el vacío que el fotógrafo (y el destino) le dejaron, cuando cinco años después, su marido Fred “Sonic” Smith, guitarrista de la banda punk MC5, se piró del mundo, Patti Smith únicamente encontró el alivio volviendo a las andadas (rockeras, por supuesto), pues desde que se casó en 1980 con el señor “Sonic”, había interrumpido de tajo su carrera musical para dedicarse en cuerpo y alma al matrimonio.

Invitada por Bob Dylan para abrir sus conciertos en la gira por la Costa Este de Estados Unidos, en 1995 Patti Smith abandonó Detroit con Nueva York en la cabeza (estaba decidida a volver a la isla donde fue feliz con Mapplethorpe y el sitio donde se relacionó con la plana mayor de la cultura gringa), y aceptó la compañía de Michael Stipe, líder de la banda R.E.M., quien provisto de una Polaroid, registró algunas escenas de la resurrección.

Aunque a decir verdad, como fotógrafo Michael Stipe es un estupendo vocalista, la iconografía que reunió para el libro Dos veces intro. En la carretera con Patti Smith (publicado en 1998 por Ray Gun Press y Little, Brown & Company, con prólogos de la Smith y Stipe y textos de William S. Burroughs, Paul Williams, Thurston Moore y Lenny Kaye, entre otros, y que hoy vuelve a circular en en español bajo el sello de Sexto piso), posee un curioso aliento de nostalgia, una grisácea vibra de camerino y el temperamento de un nómada que podría enloquecer si le arrebatan las aceras.

Las fotos de Stipe, que alternan con otras placas de Oliver Ray, conforman una narrativa hilvanada por detalles: close­–ups de planos divididos, sombras crepusculares, panorámicas que se difuminan pero, a su vez, capturan la inmensidad del escenario y composiciones de tomas yuxtapuestas donde la intención onírica es más que evidente.

En las páginas del libro podemos apreciar la gabardina de la Smith cayendo sobre las perneras de un pantalón prendido al tubo de sus botas Dr. Martens. Aquellos pasos se ven suaves, pintan el camino a la guitarra, un primer plano de su mano derecha rasgando las cuerdas; el cable dibujando formas caprichosas en el proscenio, ese cable que se enreda con otros cables, del bajo, el requinto, el amplificador; el micrófono que opera como asidero a tierra firme, hay algo muy expresivo en los claroscuros de la cantante salpicada por el reflector; dos instantáneas donde asoma el vetusto Allen Ginsberg pertrechado con su propia Kodak y una sonrisa maliciosa que me hacen recordar cómo fue que la Smith y el poeta se conocieron: con el cabello recortado, hambrienta y con sólo cincuenta centavos en el bolso, ella acudió a un Automat, metió las monedas en la máquina para adquirir un sándwich pero la trampilla no se abrió. De pronto, advirtió que el precio había subido a setenta y cinco.

Alguien dijo “¿te ayudo?” e insertó el faltante en la ranura y luego le habló de la poesía de Walt Whitman. Cuando ella abrió la boca, el tipo se dio cuenta: “¿Eres una chica?” Patti respondió: “¿Hay algún problema?” Él se echó a reír: “Lo siento. Te había tomado por un chico muy bello.” Ahí comenzó una fraternidad perenne, quizá creada por el mismo vínculo que tenía con Mapplethorpe ya que, ahora que lo pienso, también con Michael Stipe. Una vez Robert le dijo: “Patti, nadie ve como nosotros”

Y es que sí. Nadie acostumbra ver como ellos porque en su triste, antiquísima textura, los retratos polaroid imponen una contemplación simbólica distinta. ¿Sobraría decir que durante un tiempo, Mapplethorpe usó la misma cámara?

P.S. En 1997, William S. Burroughs escribió:

Patti Smith no sólo es una cantante

fantástica, es un chamán –es decir,

alguien en contacto con otros niveles

de la realidad–.

Su efecto en la audiencia es eléctrico,

Comparable al de los rituales del vudú

o de la umbanda,

donde los miembros del público

pasan a ser participantes y son

literalmente elevados por encima de

sí mismos.

En muchos casos, no obstante,

su destino es «retornar a la

conciencia ordinaria» –ser de nuevo

la madre soltera de tres pequeños,

o perseguir los fines animales

del chulo–… Pero el chamán,

al menos, les ha dado un respiro.

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