El megalómano y su atalaya

por Iván Ríos Gascón


Una inmolación sin escenario y sin espectadores no es inmolación. Matarse en soledad solo es suicidio, aunque éste es más honesto y menos egocéntrico, quien se autodestruye sin concurrentes de por medio lleva a cabo un ajuste de cuentas íntimo, privado, a la agonía acuden exclusivamente los múltiples demonios que habitan bajo la piel.

El suicida lleva a cabo un acto de congruencia (nacemos solos, morimos solos), a menos que sucumba a la patética tentación de culpar a otros de su muerte, a través de epístolas románticas, testamentos o agrias confesiones de una máscara, todo se altera cuando en un arrebato de ridiculez o autocomplacencia terminal, se pretende revestir el obsceno cariz de los despojos, nadie fallece impoluto o bello por mano propia, los estertores siempre desfiguran, con la teatralidad que infaliblemente culmina en el fracaso. Pensemos, por ejemplo, en Lupe Vélez, que agobiada por los acreedores y abrumada por sus descalabros amorosos, en diciembre de 1944 organizó una fiesta en su casa de Beverly Hills, ornamentada con platillos mexicanos, litros de brandy y muchos cigarrillos, con el único propósito de decirle adiós a sus mejores amigas (Estelle Taylor y Benita Oakey, mujeres una y dos, respectivamente, de Jack Dempsey) y otras estrellas hollywoodenses de poca monta, como ya lo era la propia Vélez. Así que para inmortalizarse o esculpir su recuerdo en la fúnebre memoria del star system, Lupe comió como vikingo y bebió como pirata y una vez a solas, redactó una cursi nota dirigida a Harald Ramond, su último amante. Odorizó su habitación con cirios y jacintos. Después ingirió un frasco completo de seconal, se peinó y maquilló impecablemente, se puso un camisón sexy y elegante y se tendió en la cama. Antes del golpe fatal, pensó en los titulares del otro día, que lamentarían su deceso evocando a La Bella Durmiente. Mas no fue así. El mole, los tacos, las pastillas y el alcohol hicieron cortocircuito. Lupe Vélez corrió al cuarto de baño. Juanita, su sirvienta, la encontró con la cabeza sumergida en el retrete (vaya metáfora de lo execrable).

Para un intelectual de ultraderecha no podía haber sitio más emblemático que una iglesia, el megalómano siempre busca una atalaya. Hace unos días, Dominique Venner, adalid de la ranciedad apocalíptica, se dio un tiro en el atrio principal de Notre Dame, supuestamente para concientizar a las masas sobre las catastróficas consecuencias de las nupcias gay.

Poco se sabe de la obra de Venner, se pueden leer sus textos en la red, genuinos monumentos al pensamiento cavernario, con el que defiende a ultranza al matrimonio heterosexual como una comunión destinada, primordialmente, a la reproducción y salvaguarda de la especie humana.

Venner lanzó una despedida desde su blog. Imploró por que su muerte sirviera de algo, tal vez pensaba en Yukio Mishima, a quien, por cierto, el seppuku no le sirvió de nada. La diferencia, si la hay, es que Mishima se inmoló ante las cámaras de televisión con el propósito de reivindicar a la cultura japonesa y al poder del Emperador; el objetivo era, a sus ojos, por el bien común. Para Venner, por el contrario, su deceso se fincó en la ofuscación por restaurar un mundo a la medida de sus principios y creencias, cancelar el progreso social y el derecho, la libertad individual por elegir o vivir como se quiera y, de paso, colgarle a la diversidad un anatema. La similitud, si la hay, es que ambos reforzaron su narcisismo haciendo de su muerte un espectáculo sin ticket ni lista de invitados, una mórbida función de entrada libre.

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