Dulcinea de caucho

por Iván Ríos Gascón


Las notas periodísticas relacionadas con las truculencias de la vida diaria, son una estupenda materia prima para un escritor o un cineasta aquejado por las crisis recurrentes, el bloqueo de todos tan temido, esa parálisis creativa de la que Woody Allen se queja con frecuencia. Noticias sobre muertes absurdas, delitos imperfectos, fechorías o perversiones de humor involuntario, componen un fabuloso material que, en buenas manos, podrían ser la primera piedra de un divertido monumento a la decadencia y la franca estupidez, solo se necesita tiempo libre, una lancha y una caña perfectamente calibrada, para aventurarse en el inmenso mar de información Por ejemplo, en los últimos días de mayo, los medios consignaron un episodio que pudo fraguar un relato kitsch o una escena camp: en un cine del municipio de Guadalupe, Nuevo León, la policía sorprendió a un individuo fornicando con una muñeca inflable. La nota da cuenta que sucedió en la última función pero no refiere qué película eligió el fogoso exhibicionista ni tampoco la manera en que metió a su chica plástica a la sala o si le pagó el boleto, esta última conjetura desechada por el propio indiciado, quien declaró que eligió la oscuridad del cine pues no tenía dinero para un cuarto de hotel. Por tanto, los astutos sabuesos mexicanos concluyeron: la novia iba en una mochila y el amante le dio vida a punta de soplidos, lo que confirma el ímpetu innegable de ese Pigmalión urgido de turgencias y oquedades; la avidez de un Frankenstein rudimentario cuyos pulmones, cual truenos y centellas, insuflaron el volumen, la estatura y la profundidad exacta a esa hembra inanimada y, por ello, complaciente, la perfecta concubina cuyos labios no profieren negativas ni dicterios, labios de goma, sí, pero dispuestos para proveer un trozo de cariño irreal y, quién podría negarlo, muy sincero.

Argumentos de muñecas hay de sobra. Por mencionar algunos, en A la orilla del río (Tim Hunter, 1986), Dennis Hopper encarna a un tipo que tras el adulterio de su esposa, a la que mató de un tiro, se pasa los últimos años de su vida sin separarse de una mujer inflable, convencido de que solo lo ilusorio puede ser eterno aunque olvide que su felicidad también es frágil, simplemente pensemos en un clavo; en Lars y una chica de verdad (Craig Gillespie, 2007), Ryan Gossling personifica a un joven perturbado que vive un tórrido romance con Bianca, un monigote voluptuoso que cumple un auténtico ciclo existencial: brota, florece y se marchita, sin que él jamás comprenda que amó a una fantasía, e inspirada en Felisberto Hernández (Las Hortensias) y en Las Violetas son flores del deseo, Ana Clavel recreó la historia de Julián Mercader, inventor perverso a lo Michel Tournier que hace de su serie de muñecas púberes, un ingente batallón de nínfulas para satisfacer las fantasías de hombres con complejo de Humbert Humbert.

Sin embargo, el regiomontano impúdico le ganó la partida a los seres de ficción. Como Alonso Quijano, que mentalmente hizo de Dulcinea del Toboso una joven bella y lozana para luego languidecer ante la triste realidad (Sancho Panza la recuerda como una moza de chapa hecha y derecha y de pelo en pecho que podía sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante y, por cierto, nada melindrosa porque de todos se burlaba y de todo hacía mueca y donaire), el fauno de Guadalupe quizás hoy sufra el peor desasosiego para una criatura de carne y hueso: debe ser atroz, una infausta pesadilla, haber sido separado de su férvida manceba de caucho ya que el cuerpo femenino es tentación irresistible. Y en este caso, la infidelidad no es cuestión de deseo o de voluntad sino un mero asunto de la válvula de inflado.

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