El hijo de la actriz porno

por Iván Ríos Gascón


Si Roberto Bolaño hubiera tomado una decisión quirúrgica temprana o su hígado de reemplazo hubiera llegado a tiempo, digamos en mayo o a fines de junio de 2003, el chileno ahora tendría 60 años y quizá más libros publicados pero menos lectores, sería famoso, sí, aunque no tanto como en estos días, recordemos que un autor de culto es mucho más célebre que un escritor bien vendido a secas, la muerte prematura suele ser determinante en los furores: el consumista compulsivo, el fanático empedernido, el esnob de cafetín, el hermeneuta impresionable y el crítico sentimental, son necrófilos por naturaleza.

No obstante, es difícil imaginar a Roberto Bolaño con seis décadas encima y superviviente de un transplante. En el retrato de algunos de sus libros, aparece un tipo que no concuerda del todo con los mermados cuarenta y tantos que tenía (por la enfermedad que, dicen, era de origen autoinmune), cuando ganó el XVI Premio Herralde de Novela por Los detectives salvajes, la misma foto de Putas asesinas (retrato hecho por Anna Oswaldo–Cruz Lehner en 1998, claro, el mismo año de Los detectives…, tal vez porque hay cosas que no cambian, no deben cambiar, la imagen es la de un hombre más bien joven, con el cabello revuelto y la mirada melancólica, gafas grandes tipo johnlennonas, y cigarrillo a medias entre el índice y el medio de la mano izquierda,un hombre más bien joven, como los mejores personajes de sus cuentos).

Bolaño por Oswaldo-Cruz Lehner

Bolaño por Oswaldo-Cruz Lehner

Aquel barniz de nostálgica bohemia es un código que embona con la leyenda de su novela más leída, la de ese Arturo Belano que en la década de los 70 trashumaba entre los alrededores de la Basílica de Guadalupe, el centro histórico, la colonia Condesa y otros resquicios de la Ciudad de México, una región como hecha de cera a punta de descripciones que revitalizan a esos espacios que muchos de los narradores de esta tierra no han podido germinar, poco más de cien páginas frenéticas, divertidas, entrañables, galeras casi con vida propia pero que, en adelante, serán incapaces de redimir al resto de la obra. Seamos honestos. A partir de la página 141, capítulo II, esa novela que en el colmo de la exageración ha sido comparada con Rayuela, se despeña irremisiblemente en el tedio, la sosería, en la pirotecnia de una prosa que languidece hasta extinguirse en sus obstinados perifollos, y los detectives arrojan el sombrero y la gabardina al ring, paralizados por su propio autor que a la hora de recrear odiseas en el viejo continente quedó petrificado, se me ocurre, ante la ruin Medusa de la trama.

A Bolaño lo endiosan y lo aborrecen. Para algunos, sus novelas no dicen absolutamente nada; para otros era un magnífico cuentista. 2066 impone el desafío de la paciencia (y la hueva infinita). El Tercer Reich es un trabajo primerizo, Nocturno de Chile funciona por el conspicuo poder evocativo. En lo personal, reivindico Putas asesinas. “Prefiguración de Lalo Cura” es un texto soberbio, la desternillante historia de un tipo que sobrevivió al universo alucinante de cantinas y burdeles y vendettas gangsteriles, el inframundo que torció muy poco al hijo de un aspirante a sacerdote y una diva porno, cuya infancia será colmada por dildos, látigos, máscaras de látex, fellatios, cunnilingus, sodomías, un chico que creció mirando pellejos sobrenaturales vaciados de la esencia. El mejor Bolaño, el más divertido y puntilloso se halla en ese cuento de breve aliento largo (no hay puntos y aparte, todo es flujo de exactitud verbal), que traza la sinuosa vía del vicio y la virtud. Lalito Cura (así le dicen al crío engendrado por un santo y una suripanta) se hace hombre libre de depravaciones, torceduras psíquicas y pruritos carnales, aunque nada es perfecto y como no heredó la vocación hipersexual de su mamá, pues se dedica a otro oficio menos gozoso pero igual de lucrativo: matón a sueldo de la mafia. Ironía con patente de Bolaño.

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