Gilliam en el País de las Maravillas

por Iván Ríos Gascón


En el prólogo de su excelente filme Tideland (2005), Terry Gilliam dice que los niños son los únicos que pueden resistir cualquier catástrofe, porque su inocencia es impermeable al horror, a la miseria, a la maldad. “Los niños son fuertes, son flexibles. Están diseñados para sobrevivir. Cuando los tiran, rebotan”, y esta conjetura sostiene el vértigo de un relato que, como el propio Gilliam reconoció en la inusual presentación de su película, iba a resultar aborrecible para los adultos que no se despojaran de sus miedos, sus prejuicios y sus ideas preconcebidas: Tideland es una sórdida paráfrasis de Alicia en el país de las maravillas, un periplo descarnado por los mecanismos de defensa de la imaginación, esa capacidad simbólica a la que los niños recurren para conjurar la endemoniada insensatez del mundo real.

Basada en la novela homónima de Mitch Cullin, Tideland es la historia de Jeliza–Rose (interpretada por la encantadora Jodelle Ferland), hija de dos junkies que la entrenaron para resistir las penurias del averno: el mugroso apartamento en el que habitan; la muerte intempestiva por sobredosis de la madre, llamada amorosamente reina Gunhilda (Jennifer Tilly); el viaje que emprende con Noah (Jeff Bridges), un padre protector (y corruptor) porque desde muy pequeña, Jeliza‒Rose aprendió a preparar la jeringa con la que “papá se va de vacaciones”, y la súbita orfandad en la que queda, una casa vieja en medio de la nada, donde convivirá con extraños personajes como Dell (Janet McTeer) y su hermano Dickens (Brendan Fletcher).

Con estos elementos, Terry Gilliam pulsa el play de una fábula que pone a prueba el carácter de Jeliza‒Rose, donde a pesar de las monstruosidades que la acechan, conserva intactos su pureza y su candor. En la mente de la niña no hay espacio para la angustia o para el susto. Nada interrumpe su entrañable convivencia con las ardillas y las cabezas de muñeca que siempre la acompañan y, mucho menos, llegan a asomarse los fantasmas de la perversidad o lo execrable, quizá porque el empeño para soportar su solitaria indefensión, consiste en la entrega a la aventura interminable.

¿Qué es lo que me asombra de la película de Gilliam? El equilibrio narrativo, la poética armonía de los contrastes: Jeliza‒Rose mira con naturalidad todo tipo de locura. La demencia de Dell, que mantiene disecados a sus seres queridos, con la ilusión de que “despierten” algún día del trance mortuorio; la esquizofrenia de Dickens, su amigo y novio cuyo retraso mental hace más profundo aquel abismo plagado de quimeras; la virtud que exalta lo hermoso en lo grotesco (las despostilladas cabezas de muñeca, los besos de Jeliza‒Rose y Dickens, la ternura con que abraza el cadáver de su padre, un negruzco e inerte maniquí que constantemente expele gases).

Los niños son fuertes, son flexibles. Están diseñados para sobrevivir. Cuando los tiran rebotan, sí, porque en la edad adulta perdemos la energía para reinventar a la ansiedad, la locura o la zozobra en los brazos de una tenue fantasía. Y por supuesto, Terry Gilliam tenía razón. La crítica y el público aborrecieron Tideland. A pesar de su oscura belleza, nadie se atreve a mencionarla…

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