Personajes de uno mismo

por Iván Ríos Gascón


Umberto Eco apunta: “Los personajes de ficción viven en un mundo incompleto o, para ser más rudos y políticamente incorrectos, en un mundo discapacitado.

“Pero cuando verdaderamente entendemos su destino, empezamos a sospechar que también nosotros, como ciudadanos del aquí y ahora, topamos con nuestro destino simplemente porque pensamos en nuestro mundo de la misma manera que los personajes de ficción piensan en el suyo. La ficción sugiere que quizá nuestra visión del mundo real sea tan imperfecta como la visión que los personajes de ficción tienen del suyo. Por este motivo, los personajes de ficción bien construidos se convierten en ejemplos supremos de la ‘verdadera’ condición humana.” (Confesiones de un joven novelista).

Imposible no estar de acuerdo con Umberto Eco. Nuestros libros favoritos lo son por sus personajes y no por las historias (ya es lugar común decir que no existen historias novedosas, que desde Homero y luego con Shakespeare los mismos relatos se siguen contando una y otra vez), basta con rememorar a las criaturas que más nos conmovieron, sean el Quijote o Macbeth, sean el capitán Ahab o Dorian Grey: cuando el personaje hace contacto con alguno de nuestros cables psíquicos, por más pequeño o frágil que éste sea, y con ello invoca una emoción abstracta o nebulosa pero emoción al fin, nos familiarizamos con sus ojos, comenzamos a vivir con él (o en él) como una sombra o un hermano gemelo.

Hay personajes a los que aborrecemos tanto, pero tanto, que esa repulsa sólo puede explicarse como una incómoda sobredosis de narcisismo. Sucede cuando el personaje comete los mismos excesos o errores que uno, cuando los fracasos son proporcionales a los de su lector y, en mayor medida, cuando la bienaventuranza los colma de triunfos y placeres semejantes a los que se aspiran o, si se es demasiado afortunado, a los que se han experimentado. El personaje se hace entonces una especie de doppelgänger: ese doble nos incomoda porque tiene el defecto, o quizá sea mejor decir, la desfachatez de haber sido engendrado por un extraño, aquel escritor al que ocasionalmente desearíamos preguntarle cómo es que nos conoce tanto, en qué momento nos tomó como modelo para concebir una criatura tan endemoniadamente insoportable.

Para saber quién es alguien en realidad, bastaría con saber cuál es (son) su(s) personaje(s) predilecto(s), pues hay gente que a pesar de las incontables aventuras literarias sólo puede amar a un personaje, entre lectores también existe la monogamia, y con sólo sumergirse en el cuento o la novela de las que provienen y seguir sus huellas en la ficción, podríamos esclarecer lo hay dentro de esa persona sin necesidad de un test o de un interrogatorio policial. Sobre todo podríamos aprender a reconocernos a nosotros mismos y no necesitar, jamás, de una larga y dispendiosa terapia con el psicoanalista ni de pedir ayuda a religión o secta alguna, no precisaríamos de ciertas sustancias de evasión ni desgastaríamos la breve pero valiosa vida mental buscando consuelo en infinidad de estupideces (bibliografía de superación personal, píldoras milagrosas, brujos o exorcistas).

Umberto Eco tiene razón. Vivimos en un mundo discapacitado. Ciertos personajes de ficción se enquistan en el alma porque tienen algo de nosotros, somos ellos sólo que disfrazados. Lo terrible, acaso, consista en que quienes más nos estremecen no sean necesariamente héroes ni triunfadores sino los seres más desastrosos que hayamos conocido. Personajes de uno mismo.

 

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