Sixto contra los monstruos

por Iván Ríos Gascón



Esperó la mayor parte de su vida para que se le hiciera justicia a su talento. En los primeros años de la década de los 70 publicó dos álbumes magníficos, Cold Fact y Coming from Reality, que ni siquiera figuraron en el Billboard ni la radio de Detroit. El fracaso puede deducirse a través del documental del sueco Malik Bendjeloull, Searching for Sugar Man, en el que todos los convocados a rememorar la historia de ese fantasma cuyas canciones eran equivalentes —y tal vez pudieron superar— a las del mismísimo Bob Dylan, se preguntan por qué no llegó a ser un superestrella. Obvio: Rodríguez firmó con una disquera independiente (en aquélla época lo indie tenía escasas posibilidades de difusión y promoción, estaba condenado a los circuitos marginales), las tocadas en bares de quinta clase lo aferraron a su inercia subterránea y, para completar el cuadro, Rodríguez era un greaser nada fotogénico. Resultado: la poca crítica que se ocupó de él lo hizo polvo y no vendió.
En su documental premiado con el Oscar 2012, Bendjeloull traza la bitácora del éxito tardío de Sixto Rodríguez, un auténtico entusiasta del sueño americano (geniecillo del folk, trabajador empedernido y activista en pro de los derechos de las minorías, inclusive aspiró a un puesto como consejero municipal de Detroit pero nadie votó por él): una chica llevó una copia del Cold Fact a Sudáfrica, se lo dejó a su novio y se volvió viral. Los casets se propagaron de mano en mano e hicieron de Rodríguez un ídolo mucho más poderoso que Elvis Presley. Con el tiempo, los sudafricanos concibieron un mito colosal tejido por rumores y leyendas, hasta que un website dio con su paradero.

Hay algo que destiñe el triunfo inesperado, esa victoria que ya no se desea y ni siquiera se imagina, el aplauso extemporáneo a veces se acompaña de una parvada de aves negras dispuestas a lanzarse sobre el cordero salpicado de oro. Tras la resurrección de las estupendas canciones de Rodríguez, hoy un septuagenario al que sigue sin interesarle la riqueza y que vive de modo más que austero porque no tiene ni televisión, aparece una disquera y lo demanda por un supuesto fraude cometido, precisamente, en los años de las plegarias no atendidas. Los quejosos de Comba Music argumentan que antes de grabar con Interior Music Corp., Rodríguez había firmado un contrato para producir los álbumes que desde la película de Benjeloull comenzaron, ahora sí, a venderse por montones, esos discos cuyo único y gran mercado se hallaba exclusivamente en las tiendas de Ciudad del Cabo.
El pasado 13 de mayo, Malik Bendjeloull se suicidó en una estación del metro de Estocolmo. Tenía 36 años y estaba deprimido. Su especialidad eran las historias de esfuerzo y de penuria, dicen que él mismo atravesó por algo parecido con Searching for Sugar Man: la filmó en súper 8 y al quedarse sin dinero, tuvo que recurrir a una aplicación del iPhone para insertar las imágenes que le faltaban.
¿Y Rodríguez? Sea culpable o inocente, ahora enfrenta a los monstruos de la fama. La ambición canina de la empresa demandante pugnará por un tajo de las insólitas ganancias que le provee el destino, y se me ocurre que ese hombre que no opuso mucha resistencia a la adversidad y se resignó al anonimato, tal vez preferiría seguir siendo el héroe perdido que en Sudáfrica inspiró a muchas generaciones, tanto, que su figura se envolvió en ficciones delirantes: algunos decían que se prendió fuego en el escenario, otros que se mató en un auto, y quizá no faltó quien pensara seriamente que fue abducido por un ovni o que posiblemente era un marciano.

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