Antídoto para el desahucio

por Iván Ríos Gascón


La vida requiere obstinación. De lo contrario el suicidio no sería tan impopular o sancionado de manera furibunda ni figuraría en las estadísticas de los males de salud pública o en la lista de tabúes morales, el suicidio sería aceptado cabalmente cuando el tedio, el sinsentido, la vacuidad, la soledad o la vejez no ofrecen ninguna opción para mejorar una existencia ínfima y precaria o tal vez cuando es imposible corregir errores garrafales, esas perennes decisiones o actos de singular estupidez con que estropeamos alguna espléndida oportunidad o circunstancia. Oprobio o sacrificio, ignominia o muerte, cada quien elige de acuerdo a su temperamento porque, claro, igual de válido —aunque patético— es permanecer disimulando el tedio y reprimiendo los bostezos de una vida gris e inalterable.
El anhelo es aliciente de primer orden, casi imperceptible. Nos la pasamos codiciando objetos, cuerpos, sensaciones, cualquier estimulante para el ego. Por su carácter ya no de lujo ni abundancia sino de recurso elemental, el dinero sobra en esta idea. Las cosas que llegan fácil, con un poco de esfuerzo acaso, poseen un encanto peculiar. Llamamos fe al empeño mental por conseguirlas.
En el cuento “La radio gratis”, Salman Rushdie relata el modo en que Ramani, un joven guapo y trabajador, tira por la borda su futuro al enamorarse de la viuda de un ladrón que le orilla a “robarse a sí mismo”. Acuciado por la mujer con cinco hijos vivos y dos muertos y un total desinterés por parir otro retoño, el humilde propietario de una rickshaw acepta subir al remolque que el departamento de salud de la India aparca en la calle principal de su distrito y se somete a la vasectomía. La operación le daría dos recompensas: una boda y el radio de transistores que el gobierno ofrece como acicate para controlar la explosión demográfica en los barrios más jodidos. Sin embargo, a Ramani el segundo premio nunca le llega. A través del maestro sahib retirado desde el que Rushdie narra esta historia de ridícula ilusión, es imposible no experimentar una cáustica misericordia por ese joven “privado de su virilidad” que sin dejar de esperar el aparato, se la pasa recorriendo las calles con la mano curvada en la oreja, imitando a los locutores de All India Radio.
En Réquiem por un sueño, Hubert Selby Jr. en la novela y Darren Aronofsky en la película, exponen el caso extremo de Mrs. Goldfarb, una anciana viuda que se acaba con anfetaminas por la absurda idea de asistir a un show televisivo. Timada por un telefonema, aquella Mrs. Goldfarb esquilmada y abandonada por su hijo yonqui, y obsesionada por entrar en un vestido rojo que simboliza sus mejores años, enflaquece a base de una dieta de pastillas, es acosada por un refrigerador atroz, pierde la chaveta de tanto aguardar el llamado de las cámaras y termina en terapia de electroshock. La raída esperanza de la viuda enternece no por la devastación física y mental sino por las enormes probabilidades de que cualquiera de nosotros tenga un destino semejante.

Woody Grant camina en la autopista. Un policía lo manda de regreso a su casa en Billings, Montana. El anciano únicamente quiere llegar a Nebraska para reclamar el millón de dólares que le promete una misiva comercial, otra de las típicas estafas. Como don Quijote y Sancho Panza, el viejo y su hijo David atraviesan la comarca y se reúnen con la familia y los antiguos amigos de Woody, quien nunca pone en duda su insólita riqueza, así sea sólo por la posibilidad de comprarse una camioneta nueva y una compresora. La codicia los acecha en todos lados. Al final, David le cumple sus aspiraciones. Nebraska, el filme de Alexander Payne, confirma que en las magnas o insignificantes ensoñaciones personales, se halla el antídoto para cualquier tipo de desahucio.

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