La guerra (y Etgar Keret)

por Iván Ríos Gascón



Leszek Kolakowski comienza el capítulo “De la responsabilidad colectiva”, de su libro Libertad, fortuna, mentira y traición, enumerando los casos elementales que implican ese complejo asunto: “La expresión ‘responsabilidad colectiva’ se halla ligada en nuestras mentes a asociaciones de la peor especie. Evoca visiones de potencias ocupantes que asesinan a las personas de manera indiscriminada, como venganza por los intentos de resistencia; visiones de captura y muerte de rehenes; de ataques terroristas, en los que hallan la muerte centenares de ciudadanos, sin real implicación en el conflicto; de odio a naciones enteras, pueblos o razas, a causa de los desmanes, reales o imaginarios, que creemos haber sufrido a manos de algunos de sus miembros.” Acto seguido, el filósofo polaco se explaya sobre el tema con lúcida sencillez y desentraña el maniqueísmo, el complejo de culpa y, por supuesto, la responsabilidad de las naciones como entidades que se perpetúan y en las que coexiste, de manera irrevocable, la responsabilidad individual, estemos o no dispuestos a heredar deudas históricas en tanto miembros de una comunidad o un territorio, porque es inevitable asumir un deber moral frente a los errores o atrocidades que un puñado de sujetos cometieron en nombre de nosotros.
A pesar de la objetividad para delimitar la responsabilidad colectiva, en casos como el conflicto (si podemos aún llamarlo así, de modo tan escueto) entre Israel y Palestina, al identificar genéricamente a los bandos en pugna se incide en la distorsión de la realidad. Consignar a los beligerantes por su gentilicio significa soslayar que los auténticos culpables de la masacre en la Franja de Gaza se hallan tanto en la extrema derecha israelí como en Hamás, grupos que únicamente sirven a sus convicciones e intereses pero no a la legítima voluntad del pueblo. Por cierto, responsabilidad significa “cargo u obligación moral que resulta para uno del posible yerro en cosa o asunto determinado” y “necesidad de responder de un acto concreto y determinado”. Y no obstante, el lastre de la responsabilidad colectiva sigue pendiendo sobre algunas cabezas como cruel espada de Damocles, incluso dentro de una misma sociedad.
Hace poco, el escritor israelí Etgar Keret publicó un valiente artículo que cuestiona el odio que en su país despiertan las voces críticas a la aberrante operación militar en Gaza, partiendo de la confusa idea que se tiene de la victoria y del clamor que vibra en una buena porción social, básicamente en las nuevas generaciones. “Dejen que gane el ejército de Israel” —comenta el autor de Extrañando a Kissinger— es el mantra que se escucha en las manifestaciones pro–bélicas, se lee en grafitis y se difunde en Facebook. “Dejen que gane el ejército de Israel” es la consigna que se espeta a los enemigos propios, los izquierdistas, esos antipatriotas que lamentan la matanza de niños palestinos, que desaprueban los bombardeos y repudian la destrucción y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, lema de autoafirmación frente a la barbarie y el racismo que apuntala a la desmemoria de una nación cuya experiencia armamentista ha sido desastrosa: contra la Organización para la Liberación de Palestina o contra Líbano (Keret recuerda la satanización que hicieron del activismo de otros escritores como Amos Oz, A. B. Yehoshua y David Grossman para detener esa locura en la que, por cierto, Grossman perdió un hijo). Y sin embargo, el nacionalismo israelí más rudimentario se empeña, a pesar de tanto horror y muerte, en enviar lo antes posible a la cámara de gas a los traidores (¡vaya paradoja!) que en ejercicio pleno de su libertad de expresión, manifiestan su oposición al genocidio y a ubicar al averno en la superficie de la tierra porque “debido a ellos” —y más allá de las evidencias criminales— el ejército de Israel “no puede ganar la guerra”.

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