La tos del 47

por Iván Ríos Gascón



Wilhelm Furtwängler dirigió un concierto en los rescoldos de la Alemania derrotada. El violinista invitado por las fuerzas ocupantes fue Yehuda Menuhin para aquella ejecución de 1947 del Concierto en Re de Beethoven que la RIAS (la radio germana) grabó para una incierta posteridad, tomando en cuenta el sombrío estado de ánimo que suele esparcirse en la posguerra. En 1979, Julio Cortázar escuchó aquel concierto en París a través de la frecuencia de France–Musique. El cronopio quedó absolutamente fascinado no por la espléndida mancuerna que hicieron el director alemán y el violinista judío sino por un detalle casi imperceptible, jeroglífico, que brotó quizás en el segundo movimiento pues no alcanzó a registrarlo con exactitud: un pianissimo de la orquesta dejó pasar una expectoración, el golpe seco de un cogote femenino.
La mujer debía ser alemana, pensó Cortázar, quizá porque el sentido común dictaba que la totalidad de la audiencia era de ciudadanos de ese país que volvía a la paz con la obertura de uno de sus músicos ilustres, pero lo cierto es que aquella distante, palpable tos, le inspiró una grave reflexión sobre lo maravilloso —ese fenómeno que la ciencia se empeña en esclarecer desde el pensamiento racional—, y sobre el tiempo recobrado. Escribió en “La tos de una señora alemana”, incluido en Papeles inesperados: “Durante más de treinta años esa pequeña tos anónima había dormido en los archivos de la radio; ahora reiteraba su diminuto fantasma en millares de oídos que escuchaban un concierto en otro tiempo y otro espacio. Imposible saber quién tosió así esa noche; ninguna ciencia, ningún caballero Dupin podría rastrear ese origen. […] ¿Quién fue esa mujer, dónde se sentó esa noche, está aún viva en alguna parte del mundo? ¿Por qué esa tos hace nacer estas líneas en otro tiempo, bajo otro cielo?”
Nos gusta mirar fotografías deterioradas. Coleccionamos antiguallas, las buscamos con interés desmesurado en tiendas, mercados de pulgas, tenderetes peregrinos. Para algunos, esos trastos son ornamentos elegantes, para otros el anacronismo sólo es el paradigma del kitsch decorativo, aunque si les ponemos atención podríamos querer desanudar —mejor dicho, inventar— la narrativa que contienen.
Los restaurantes o cantinas más distinguidas son aquellas de cuyos muros penden fotos de un instante urbano congelado para siempre. Los posteos más exitosos en redes sociales se acompañan de imágenes arcaicas, el viaje en el tiempo embona muy bien en esta época de portabilidad, inmediatez, fugacidad. Para los espíritus curiosos al estilo de Cortázar, la pregunta permanente gira en torno de los protagonistas intencionales o fortuitos de una placa o los dueños espectrales de máquinas de escribir o de coser, planchas enmohecidas, radios, televisores e infinidad de bagatelas: ¿quiénes eran esos transeúntes, digamos, de una foto de la glorieta de Colón de la ciudad de México en 1950 o los concurrentes de un cine, cualquier cine de cualquier ciudad, en la década de los 40? ¿Quién compró, en dónde y a qué precio uno de tantos acetatos de bolero o tango o jazz que se expenden en puestos callejeros?
Un libro de segunda mano tiene más historias que la propia historia que lleva el montón de hojas impresas. Probabilidades infinitas que se anclan en la mente de un fabulador espontáneo como la tos de esa mujer que en el concierto del 47 simbolizó para Cortázar la maravilla de los juegos de la ilusión, aunque ahora nosotros podríamos decirle a su fantasma que estaba equivocado. El carraspeo no fue de una mujer sino de un hombre, un español con voz de pito cuyo asiento estaba en la tercera fila y que al final de la función cenó una hogaza de pan y una cerveza. Se hizo viejo y como él, en 1951 se trasladó a París donde vivió hasta los años 80. Por cierto, el garrotillo que se coló en el concierto de Furtwängler y Menuhin persistió por más de una semana.

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