De lo insignificante

por Iván Ríos Gascón


© Catherine Hélie

© Catherine Hélie

Kundera se quedó sin Nobel una vez más, igual que Philip Roth, Adonis, Amos Oz, Ismail Kadaré, Lobo Antúnez y un largo, larguísimo etcétera que incluye a autores sospechosamente omitidos en las nominaciones (digamos el asombroso Michel Tournier), porque el destino es imperfecto y los premios representan muchas cosas (no todas para bien) pues rara vez llegan como una muestra de que en verdad existe la justicia poética. Tolstoi, Joyce, Proust, Nabokov, Valéry, Claudel o el inmenso Jorge Luis Borges nunca recibieron el Nobel y la lista de sinrazones es todavía más larga, recordemos que hace treinta años George Steiner despotricó contra la Academia Sueca tildándola de “burocracia de buen tono” pero afectada por un grosero provincianismo. Con todo, el checo sigue siendo un candidato inobjetable: de La broma a La fiesta de la insignificancia, su obra provee una indispensable lucidez para sobrevivir en este mundo.
La fiesta… continúa la reflexión del tema central en las inquietudes estéticas de Kundera: la ironía, el crepúsculo de las bromas, la era de la posbroma. Entre la primera y ésta, su novela más reciente, siguen gravitando los detalles más ambiguos de la condición humana, esos pequeños pero graves elementos que enturbian o deshacen las relaciones (amorosas, sexuales, familiares, fraternas, políticas, laborales y otro largo etcétera), y culminan con un retrato fiel de la imbecilidad de los mortales. Quizá es por eso que en esta breve historia de sí, efectivamente, lo insignificante, Ramón comenta a Calibán: “Hegel dice que el verdadero humor es impensable sin el infinito buen humor, escúchalo bien, eso es lo que dice literalmente: «infinito buen humor»; «unendliche Wholgemutheit!». No la burla, no la sátira, no el sarcasmo. Sólo desde lo alto del infinito buen humor puedes observar debajo de ti la eterna estupidez de los hombres, y reírte de ella”.
En La broma, Ludvik se siente herido porque en vez de quedarse con él en Praga, su novia Marketa se marcha a un cursillo en un palacio en el centro de Bohemia y le envía una carta en la que afirma que la gimnasia y la salud espiritual la hacen feliz. Como despedida, proclama el alborozo que le causa la próxima revolución de Occidente. El joven responde con una postal en la que anota: “¡El optimismo es el opio del pueblo! El espíritu sano hiede a idiotez. ¡Viva Trotsky! Ludvik”. Esa pulla desencadena la tragedia. El destino de Ludvik queda roto, reducido, tristemente, a la vulgaridad de un chiste. ¿Y cómo iba a ser de otra manera si en medio de esta penetrante historia de amor se encuentran la intolerancia, la crueldad y el odio esparcido por un régimen dictatorial embozado en la utopía?
El momento clave de La fiesta… es el ágape de cumpleaños de D’Ardelo, un tipo arrogante que engaña a Ramón con el cuento de que padece cáncer. La mentira, como el mal, se extiende a Alain, Charles y Calibán, los últimos dos asisten a la reunión donde la amistad y los afectos hieden a idiotez: ahí todo es muy serio, no hay infinito buen humor. Y mientras los invitados se derriten en cumplidos a D’Ardelo y a una mujer irresistible conocida como La Franck, es posible colegir que los tipos más falsos son los zalameros. ¿Y la insignificancia? Ah, ésta se halla en el espíritu de todos los personajes (incluido el sarcástico Stalin y su corte de hipócritas e intrigantes, esa corte en la que el más impopular para el jefe es el sincero, el que no rasca su espalda y sólo es él mismo): el verdadero encanto de existir surge cuando comprendemos que nada o nadie es vital ni trascendente, cualquier detalle es monumental con sólo contemplarlo. Pienso esto al recordar la escena en que una plumita cae lentamente al centro del salón y el dedo de La Franck, esa mujer por la que todos matarían, captura en su yema la jeroglífica levedad que se desprendió de un ave.

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