El vagabundo inmóvil

por Iván Ríos Gascón


Es fácil entender por qué Michel Tournier se recluyó en un antiguo presbiterio de Choisel, en el valle de Chevreuse, en los últimos veinte años de su vida: su espíritu nómada prefería desplazarse a través de la lectura y al momento de escribir, crear, mejor dicho, se desprendía del cuerpo para explorar mundos paralelos aunque sí, en efecto, durante un tiempo fue un peregrino irredento, un apasionado de tierras ignotas.

Es fácil discernir por qué se hizo escritor. Decepcionado por el rechazo que obtuvo en su oposición a una cátedra de la Sorbonne, donde fue alumno de Gaston Bachelard y de Jean–Paul Sartre, solo sus compañeros Gilles Deleuze y François Châtelet fueron admitidos. Él, Tournier, y Michel Butor, debieron buscar otras alternativas laborales, que no vocacionales. A saber, la edición, la radio, el periodismo. Butor se le adelantó en la literatura de ficción.

Y es que habían de transcurrir casi dos décadas para que Tournier concibiera su primer libro: Viernes o los limbos del pacífico, reinvención de Robinson Crusoe de Daniel Defoe, o había que precisar: fábula refinadamente intelectual de la leyenda de Alexandre Selkirk, el marinero que en 1705 fue abandonado en una isla del Archipiélago Juan Fernández por el navío Cinq Ports.

Tournier tenía 42 años cuando publicó Viernes…, obra instigada por las cualidades del mito pues “el héroe mitológico, si se apoya en el corazón de cada individuo modesto y prosaico, al mismo tiempo se alza al nivel de un éxito admirable. Es a la vez paradójicamente el doble fraterno de cada hombre y una estatua sobrehumana que la sitúa al mismo nivel que el Olimpo eterno. De suerte que cada héroe mitológico —y no solamente Robinson, sino Tristán, don Juan, Fausto— nos inicia en un proceso de autohagiografía”, explicó en El viento paráclito. Sin embargo, para esa aventura que representó el rescribir al héroe mitológico, Tournier debió entrenarse arduamente en la traducción del alemán al francés (Erich Maria Remarque fue, quizá, al que traicionó mejor), sin desdeñar la familiarización con la oralidad que acumuló en la radio en su oficio de locutor.

Especialista en la perversidad, El rey de los alisos (Premio Goncourt 1970), en la que se ocupa de expurgar la santidad y la ambigüedad de los instintos, interiorizando el relato en la consumación sagrada que propende la euforia (de eu, que etimológicamente da la idea de bien o alegría tranquila, y de foria, que significa llevar o sostenerse a sí mismo), y que explora, a su vez, el contenido de una sexualidad no genital; Los meteoros, obra maestra de la gemelaridad abortada desde la cúspide biológica hasta la sima de la imitación, de su propio simulacro; Medianoche de amor, libro de cuentos que a la manera de Bocaccio y El decamerón, transpira la tristeza de una colectividad ahogada en sus miserias; La gota de oro y su galería de herejes incapaces de aprehender, siquiera, su propia imagen o “El fetichista”, cuento que ridiculiza a su mediocre personaje a través de la confesión de sus vicios privados que nunca llegan a ser virtudes públicas, componen una soberbia sinfonía de los vacíos irreductibles y de la esclavitud de las urgencias mentales, emocionales, carnales, afectivas.

Es fácil comprender por qué no se consideró el Nobel para Michel Tournier. Se me ocurre que fue por su apego a la transgresión (léanse con minucia El rey de los alisos, novela que Volker Schlöndorff adaptó al cine en 1996, o Gilles y Juana, el cruce de una santa, la De Arco, y un demonio, De Rais), y por qué dejó de escribir tan pronto y eligió un catre metafórico. Tournier cita a Arístipes de Cirene en El vagabundo inmóvil: “Antes de abandonar el lecho, pregúntate siete veces si el que tú te levantes es útil a los dioses, al mundo y a ti mismo”. El 18 de enero, el gran Michel tal vez se hizo esa pregunta más de lo posible y decidió quedarse en cama.

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