William H. Gass (1924–2017)

por Iván Ríos Gascón



Los prosistas más brillantes suelen renegar de su talento y no por falsa modestia sino porque la búsqueda de la perfección los vuelve cobardes e inseguros: cada párrafo les infunde el vértigo de caminar por la cuerda floja. Los mejores prosistas suelen meditar palabra por palabra y extraviarse en el sentido, la acepción, la cadencia de los vocablos. Inclusive, algunos se ofuscan si la armonía de una frase decae en el ritmo porque piensan el texto como una partitura: el buen escritor escucha, siempre escucha.
William H. Gass tardó 26 años en escribir su novela El túnel (1995). La razón, decía, era porque escribía muy lento y muy mal, así que corregía, borraba y reescribía constantemente para, al menos, “alcanzar la mediocridad”.
La explicación de Gass puede sonar a falsedad, impostura, a exageración (sobre todo en boca de él, que para entonces ya había publicado Omsetter’s Luck y la novela experimental Willie Master’s Lonesome Wife, pero también esos cinco relatos perfectos de En el corazón del corazón del país, obra maestra no sólo de la América descarnada sino de las emociones más profundas del ser y su inexorable condición de finitud), pero no. Gass era sincero al describirse como un pésimo prosista y no porque sus párrafos fueran oscuros o feos o insípidos o incoherentes, sino porque la belleza y la complejidad de su lenguaje, como todo en el arte, aún era perfectible.
El estilo de Gass es análogo al de William Gaddis. Su eco también está presente en la prosa de David Foster Wallace, eco que surge de la contemplación de los detalles jeroglíficos, del oído atento a las voces, los rumores, el ruido mundano que no siempre es sonido desnudo porque la resonancia también tiene su propia narrativa, como una cuerda que se hala o, digamos, la espiral fabuladora que sostiene el vínculo entre el mundo real y la imaginación. Las ficciones de Gass tienen como origen un instante introspectivo, emergen de una partícula errante en el escenario que dispone: en El túnel, William Frederick Kohler intenta redactar la introducción a su estudio sobre la culpa y la inocencia en la Alemania de Hitler, y en esa insignificante travesía intelectual vuelve sobre su pasado e invoca a los vivos y los muertos.
En “En el corazón del corazón del país”, texto que da nombre al volumen conformado por “El chico de Pedersen”, “La señora Ruin”, “Carámbanos” y “El orden de los insectos”, Gass describió impecablemente lo que somos: “Nuestros ojos, como los de los ancianos, miran hacia adentro. Y no hay nadie que se apiade de nosotros”. En “La señora Ruin” mostró que la belleza no es relativa sino absoluta, que la perfección se produce en lo grotesco, y cuenta: “En el Medioevo se hablaba de un arroyo de agua fresca tan dulce y tan pura que, al beberla, dotaba al espíritu de elocuencia, y a la mente, de bendiciones. Aun así, cuando los hombres seguían su curso hasta la fuente de donde manaba, se encontraban con que brotaba de las mandíbulas putrefactas de un perro muerto. De modo que los fieles predicaron sobre cómo de un mundo fétido, corrupto y malvado podría salir uno inmaculado, perfecto, bueno…” No hay metáfora más aguda, se lea en el sentido en que se lea. Y en los puebluchos de Ohio e Indiana, esos sitios crueles y violentos que Gass prefirió para su narrativa por razones autobiográficas (su infancia transcurrió en un sitio semejante y no fue nada amable), es posible encontrar algo sublime aunque brote de lo infame.
El 6 de diciembre Gass cerró el libro de la vida para siempre. Tenía 93 años. Quizá en este momento algo o alguien lo reescribe.

 

Anuncios