El monstruo de James Whale

por Iván Ríos Gascón


Frankenstein, de James Whale (1931), no solo es la versión fílmica más famosa de las adaptaciones iniciales de la obra de Mary W. Shelley publicada hace 200 años —en realidad es la número cuatro: la primera fue Frankenstein, de Andres Tung (1910), producida por Thomas Edison y rodada en los Ediston Studios del Bronx; la segunda y la tercera fueron filmes inspirados pero no basados en la novela: Life Without Soul, de Joseph Smiley (1915) e Il mostro di Frankenstein, de Eugenio Testa (1921)— sino la película que instauró la imagen universal de la Creatura que el melancólico y oscuro científico devolvió a la vida: con el maquillaje de Jack Pierce, Boris Karloff interpretó a un gigantesco ser de cráneo cuadrangular, rostro atravesado de costuras, electrodos en el cuello. Un adefesio que se mueve rígido y pesado, que gruñe con huraña altanería e inclina el mentón para mirar de abajo a arriba (ese gesto malvado que tanto gustaba a Stanley Kubrick, pensemos en el pandillero Alex DeLarge de Naranja mecánica, en Jack Torrance de El resplandor o en el recluta Leonard “Gomer Pyle” Lawrence de Cara de guerra).

También, la cinta de Whale fue la primera que sacó provecho de los efectos sonoros (la tierra que cae sobre un ataúd o los truenos encima del castillo) con los que aterrorizó al público aun cuando técnicamente no fue concebida con ese fin, pues el horror como género no existía (el concepto se acuñó en 1934) y, sobre todo, el filme que grabó en la memoria colectiva la soflama alucinada del Creador, “¡Está vivo! ¡Está vivo!”. Y sin embargo, la película de Whale no tomó como referencia el texto de Mary Wollstonecraft sino la adaptación teatral de Peggy Webling. Incluso, en los créditos aparecía el (la) autor (a) de la novela como “Mrs. Percy B. Shelley” (o confundieron al poeta con la novelista o intentaron referirse a ella con un epíteto del talante de la “Señora de Percy B. Shelley”). Quizá es por eso que años más tarde, en 1935, Whale se tomó la libertad de hacer una secuela, La novia de Frankenstein, con Elsa Lanchester en un doble papel, el de la escritora londinense y el de la novia del monstruo, y repitiendo a Karloff en el rol de la Creatura, solo que ahora sí, por pudor o por cinismo, los créditos indican que el guión adjudicado a William Hurlbut se inspiró “en la historia original escrita por Mary Shelley”.

“¡Está vivo! ¡Está vivo!”… La exclamación que, por cierto, no está en la novela, ya es un cliché. Se oye lo mismo en El joven Frankenstein de Mel Brooks (1974), que en la ópera rock El show de terror de Rocky (musical de Richard O’Brien y película de Jim Sharman) o en la entrañable Frankenweenie de Tim Burton.

¿Y el monstruo diseñado para el filme de Whale? Esa Creatura que no se describe en la novela es la imagen recurrente de todo el mundo al pensar en Frankenstein, aunque tampoco así se llamaba el monstruo, y su parodia más desopilante es la del Herman Munster que interpretó Fred Gwynne en la serie televisiva de la década de 1960, La familia Munster. Y aunque Universal Pictures posee el copyright del maquillaje diseñado por Jack Pierce, debemos recordar que ese espantajo no fue un invento original, pues es idéntico a las creaturas del aguafuerte Los Chinchillas, número 50 de Los Caprichos, que Francisco de Goya publicó en 1799.

Los Chinchillas. Francisco de Goya, 1799

 

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